Cuando era pequeño, como todos los niños; solía destrozar los chándals. Sí, mi infancia transcurrió durante ese oscuro periodo de los ochenta en que se popularizó el uso de chándals entre la sociedad española. Mi madre, al verme llegar a casa con las rodillas del pantalón del chándal destrozadas, me echaba una bronca de reglamento y cuando se cansó de comprarme pantalones nuevos, pasó a coserme rodilleras y parches por toda mi ropa. No le salía a cuenta, el maldito niño; así que siempre que podía lo cosía a parches. Y mientras yo iba con mis parches, ella ganaba tiempo hasta fin de mes, cuando podía comprarme ropa nueva. Sí, los parches tampoco me duraban demasiado… también los destrozaba. Y es que no es lo mismo un parche o rodillera que un pantalón nuevo y bien hecho, ¿verdad?

Últimamente se está generalizando la mala costumbre de publicar parches para juegos. Problemas de lectura, con el online, o incluso preocupantes defectos gráficos o jugables. “No os preocupéis”, anuncia la compañía de turno como respuesta a la avalancha de quejas y réplicas de los sufridos usuarios. “No os preocupéis que enseguida vamos a sacar un parche para el juego que solucionará todos los problemas”.

Claro. ¡Qué suerte tienen algunos! Con la llegada de los discos duros y la conexión a Internet de las consolas de última hornada (lo de nueva generación empieza a ser discutible) muchos han visto la oportunidad de hacer negocio más rápido que de costumbre. Si normalmente publicar un juego requiere un año y pico de desarrollo como mínimo, ahora estos tiempos se acortan, se obliga a los programadores a quemarse las yemas de los dedos contra las teclas haciendo veinte horas al día para cumplir las fechas a ritmo de látigo y… se acaban sacando títulos inacabados tras retrasos inexplicables.

Los ejemplos son evidentes, y alguno ha sido bastante reciente.  No importa que el juego no sea perfecto, ni siquiera que sea jugable en todos sus modos. Podemos echarle la culpa a la complicada arquitectura de la consola, a los problemas que nos ha dado el sistema de almacenamiento… etcétera. Y sin motivo alguno en una plataforma el juego corre a 720p y 60 fps y en la otra a 640 con bajadas que rozan el estándar cinematográfico de los hermanos Lumière.

Al final ya sabemos para qué sirve el disco duro, además de para salvar las partidas: para guardar miles de parches para nuestros juegos, que por no esperar un mes para llenarse los bolsillos.